Empoderamiento

Cambio de piel

March 02 2016
MAIN-CAMBIO

“Del sufrimiento han emergido las almas más fuertes. Los caracteres más fuertes se forjan a base de cicatrices,” Khalil Gibran

A la madre le dijeron que ella había nacido con excesiva tristeza en la sangre.

-Nunca se ríe y eso no es normal para una niña tan pequeña- le dijo el tercer medico que revisó a su hija.

Ahí no había nada que hacer, sólo aprender a vivir con un alma genéticamente melancólica. La niña tenia apenas cinco años y no había poder humano, ni divino que la hiciera siquiera sonreír. La madre tenia pocas fotos de la pequeña, carecía de sentido coleccionar retratos infantiles llenos de ira y tristeza. Después del desfile de Halloween en el jardín donde estudiaba la pequeña, las profesoras comentaron que jamás habían visto a un payaso tan mala caroso y desanimado. Tenían razón, quedó registrado en el álbum grupal.

En la mesa familiar redonda el hermano y la madre se acostumbraron a hablar entre ellos, a reír entre ellos, a compartir entre ellos e incluso a atacar por turnos el plato de comida de la niña que nunca comentaba nada y comía menos que un pajarito moribundo. No era que no la quisieran o que intentaran ignorarla, todo lo contrario, sólo que con el pasar del tiempo se agotaron de hallar la formula para hacerla feliz y aceptaron su silencio y su nube gris como parte de su naturaleza. Así había nacido ella, triste y sin mucho condimento para cocinar la vida.

La niña nunca tuvo muchos amigos, se aferraba a su mejor amiga de turno y a ella le contaba todo, le compartía todo y la apoyaba siempre. El resto del tiempo lo pasaba inmersa en sus cuadernos y libretas de notas. Cuando la madre compró el apartamento familiar y a la niña por fin le asignaron su cuarto propio, llenó las paredes y techo con poemas sobre lo mucho que le dolía la vida.

-Tiene talento, sin duda, pero nadie quiere leer sobre los delirios depresivos de una niña, comentaron las maestras del colegio. -Tal vez la solución seria que fuera a un psicólogo- sugirieron. La madre pensó que las profesoras eran unas ineptas y su hija, ella, sin duda era un genio.

El cuarto de la niña comenzó a llenarse de botellas de trago barato: Moscatel de pasas, Breton, y Chirrinchi, marcadas con la fecha de su consumo cubrían los atrapa-polvos alrededor de las cuatro paredes. La madre recordó la casa de su infancia, a su padre y hermano, borrachos y adictos las drogas de prescripción y no pudo con el dolor de un historial familiar depresivo tan decadente. Le dió más marcadores a la niña, quien pasados los años, ya había plasmado letras hasta en el fondo de sus cajones.

A la niña le dolía mucho la vida, toda ella: la muerte del niñito bueno en la novela de la noche, el rugir del viento de la madrugada que hacia que las hojas perdieran las gotitas de roció que las adornaban, la ausencia de su padre, la ausencia de su madre, el color de su piel que no lograba acomodarse con el de su familia, los niños solitarios que, como El Principito, seguro vivían en otros planetas y que seguro, como ella, también lloraban a veces.

Comenzó a cortarse mientras tomaba y a tomar mientras se cortaba, hasta caer en un delirio de letras borrachas que al día siguiente no tenían sentido. Llegaba a casa de su mejor amiga a que le lavara  la colección de heridas, unas más nuevas que otras y tomaba café con  leche y miel, del que nunca había en su casa.

-A mi me da pánico es pensar que un día cercano te me vayas a morir, antes de tiempo- le dijo la amiga que había decidido quedarse, mientras le maquillaba el brazo lacerado para que pudiera lucir el vestido de su fiesta de 18.

-A mi me da más miedo pensar que voy a vivir hasta vieja, ¿tú te imaginas esa tragedia?- Cuestionó la niña con pánico en sus ojos.

A la niña le creció el cuerpo, dándole curvas de mujer, pero ella no creció, se seguía escondiendo del viejito depravado que la tocaba entre las piernas mientras ella venia televisión, seguía coleccionando muñecos de peluche, soñando con príncipes azules de cuentos de hada, regalándole el cuerpo a bandidos y tomando para no pensar en nada, especialmente en la vida que le dolía tanto.

A la niña, que ya no era niña se le volvió costumbre apretar la cuchilla, un poquito más hondo, sin cobardía y sin dolor, cada vez un poquito más hondo. La madre no hablaba de las cicatrices y el hermano tampoco, porque hablar de las cosas que resquebrajan el alma no es fácil. Aprendió a imitar sonrisas, por que nadie quiere estar cerca de alguien que ve la vida sólo en tonos grises. Al tiempo aprendió a sonreírle a un par de ojos verde gato, pero la sonrisa no venía de adentro e inevitablemente se extinguió con el tiempo.

-Sino la internamos se va a terminar matando, siempre pasa con los que cargan semejante nivel de tristeza por dentro, se llevan la vida tratando hasta que un día lo logran- le dijo el psiquiatra de turno a la madre, mientras la enfermera ayudaba a la niña que no era niña a quitarse los cordones de los zapatos.

Se quedó unos días con los locos que si eran locos, disfrutando el simple hecho de no tener que pensar en nada ni sentir nada tampoco. La llenaron de pepitas que acallaron el alma y sus dolores, pero entonces no era ya ella y no atinaba ni a escribir. Caminaba por los pasillos ignorando los aullidos de las mentes psicóticas que no lograban entender por qué las paredes se derretían ante sus ojos o dónde habían escondido a los hijos que nunca habían tenido. Al final la sacaron de allí, adormecida y ensopada en melancolía.

Cuando no lloraba temía: no soportaba la incertidumbre del futuro, ni las memorias macabras del pasado, ni la idea de que las ratas le iban a mordisquear las piernas mientras dormía. Le temía a las avenidas que había recorrido mil veces y al abandono de los hombres que iban y venían. Más que nada le temía inmensamente a escribir, a la sensación irrevocable de estar poseída por la palabra, más allá de cualquier posibilidad de control.

-La cosa con los sentimientos es que hay que ponerles nombre, darles un rostro, no puedes sacar de tu ser a algo que no puedes ver ni nombrar- le dijo un día su psicóloga cuando ella rayaba los 30.

Se soñó que su miedo tenia cara de ballena sideral y supo a ciencia cierta que no podría nunca ignorarlo, ni echarlo de su vida, y supo también que debía acariciarlo para que se calmara, para que se volviera su amigo. Le fue bailando de a pocos a su miedo, hasta que lo logró domar. Una tarde, en que los dedos de sus pies descalzos jugaban con el agua tibia de un país lejano, leyó una de sus historias y entonces sonrió de verdad, amó de verdad.

La mujer que algún día fuera niña aprendió a esconder su brazo, más por la gente que por ella misma, porque no es fácil para los demás enfrentarse con el pasado de alguien que en algún momento no quiso futuro. Ella había hecho las pases con sus heridas, las del alma y las de la piel, y sonreía sincero y desde adentro.

Fue descubriendo con la capacidad de sorpresa de un infante, los miles de matices que tenía la vida, que no eran sólo tonos grises. Metió su largos dedos en un huequito en la tierra para sacar gusanos, se trepó a los arboles y se dejó consentir los crespos por su mejor amiga, la nueva, la que le inyectó sonrisas y jamás la vio sangrar. Se subió en un viaje sideral que la llevo a parajes nuevos, dentro muy dentro, pero también afuera. Agradeció la vida  y aprendió a sortear sus altibajos con la noción de que ningún estado dura para siempre.

-¿Y por que no te tatúas ese brazo?- le preguntó el hombre con los ojos más profundos que ella hubiera visto en su vida.

-Lo he pensado a veces, pero igual las cicatrices no me molestan, ni me dan vergüenza tampoco. Al que me pregunte le respondo con la verdad. Uno no es su solo una matiz de su historia- contestó ella sinceramente.

Resulto mucho más lindo y enamorador llenarse el brazo de una nueva historia de colores, así que lo puso de lienzo con tanta felicidad que casi no sintió el dolor. Lo bonito de vivir es precisamente el hecho de que es una aventura de constantes cambios, pensó la mujer que había elegido seguir siendo niña, para contarse a sí misma otra historia.

Tatuaje por: Joel Aeros 

Foto por: Hassan Malik