Empoderamiento

Carta a mi hija que aún no nace #TuveUnAborto

July 09 2015
hija

Mi amiga y yo quedamos embarazadas casi al mismo tiempo, su enana tiene 6 años, la mía no ha nacido todavía. Yo hace rato le deje de hablar, aunque comencé a hacerle desde que la prueba salió positiva y hasta años después de tener el aborto.

No me acuerdo bien si fue mi amiga quien publicó el video de “Yo te esperaba” de Alejandra Guzman en su muro de Facebook, o me lo mandó por un mensaje interno… Tal vez fui yo quien se lo mandé a ella. El asunto con la memoria humana, es que la cosa más simple (un olor, una canción) pueden detonar los recuerdos emocionales de una manera que da pánico. Sin importar el tiempo que haya pasado, ni lo lejanos que parezcan mi embarazo y aborto, escuchar la canción que Guzman le escribió a su hija Frida durante su propia gestación tiene el poder infalible de doblarme en el piso en llanto.

Deseo con profundidad nunca haber cuestionado mi decisión, haber estado segura de que era la correcta desde el primer instante, no haberme apegado, no haber jugueteado con los posibles nombres. Me hubiera gustado que hubiera sido más fácil, antes y después. Yo no crecí en un hogar católico (aunque si en una sociedad profundamente religiosa) por lo que mi culpa no tiene nada que ver con el miedo de arder en el infierno, o haber decepcionado a Dios. Tampoco me duele a estas alturas la opinión que respecto a mi realidad puedan tener los demás, tengo claro que quienes en realidad te quieren te apoyan (así no estén de acuerdo contigo) y los demás no importan, no realmente, sobretodo porque nadie camina en los zapatos de otro.

Estaba en la mitad de la calle, tomada de la mano de mi novio de entonces, cuando una mujer indigente se me acercó, yo pensé que nos pediría dinero.

-Va a ser bien bonita esa niña,- fue todo lo que dijo. La gente droga si que es loca, pensé yo.

A los días mi suegra tocó la puerta del cuarto de mi novio una mañana, el desayuno ya estaba listo.

-Mija, ¿tú estás embarazada?- Me preguntó mirándome directo a los ojos, como queriendo adivinar algún tipo de verdad sobre mis palabras. Otra con el mismo cuento, pensé yo.

-No, cómo se te ocurre,- le contesté.

-Hay mija, si se te ve en el brillo de los ojos,- insistió.

Esa noche soñé con la niña, con mi hija. Una muchachita de pelo necio que se contoneaba de un lado para otro al ritmo de “Yo nací Orisha”. Me desperté segura de mi embarazo, sudorosa y con una sonrisa en la cara que se me pasó al instante. Su lado de la cama estaba vacío y yo sabía lo que eso significaba: se había escapado a la calle a fumar crack.

Por la mañana amanecí vomitando y odiando el olor a huevo. Me parecía increíble y a la vez muy natural que mi cuerpo estuviera gritando mi embarazo a los cuatro vientos. Pero todo estaba aún sin confirmar. Yo no tenía plata para hacerme la prueba así que llamé a mi otro ángel, mi mejor amiga, y le conté.

-¿Voy a ser tía?- Me preguntó emocionada. Yo te consigno a la hora de almuerzo para que te hagas la prueba.

Me fui a hacer el examen sola, aunque desde la noche anterior tenía la profunda sensación de estar acompañada. Me sacaron sangre y me hicieron la ecografía.

-Felicidades, tiene cinco semanas de embarazo,- me dijo la enfermera que me entregó los resultados y me preguntó si quería hacer una cita para comenzar el prenatal.

-No tengo plata,- le dije.

-Por ahora comience a tomar ácido fólico, eso es lo más importante.-

Fui a la farmacia y compré ácido fólico. Me sobé la panza y comencé a hablarle a mi hija como siempre pensé que se les debe hablar a las pequeñas personitas, con la verdad.

-Hay hija,-le dije. -Tengo miedo, mi amor, yo no es que no te quiera por que claro que te quiero, sólo que ahora mismo no se si es el mejor momento para conocernos.-

Esa tarde me fui a la casa de él, como casi todos los días, desde que habíamos comenzado a salir hace cinco semanas. No le dije nada, le pasé la prueba de embarazo y la ecografía.

-¿Voy a ser papá?- Me dijo con una sonrisa enorme.

-Estoy embarazada,- lo corregí, pensando para mi que no era lo mismo.

No se bien por qué insistí en hablarle a la niña, finalmente era más tortura para mi que no había decidido aún que hacer. Pero igual cómo no hablarle, si estaba ahí, tan presente. Gritándome con nauseas que existía, diciéndome con un antojo permanente de papitas que tenía una personalidad tan fuerte como la mía y dejándose ver en mis sueños. Yo la sentía con cada fibra de mi ser y él estaba en las nubes pensando en que iba a ser papá.

-Vamos a comprar las pastillas, de todas maneras, por si cualquier cosa,- le dije un sábado en la mañana.

Él dijo que no quería, pero igual fuimos. En la loma había una droguería donde le vendían a uno de todo, sin fórmula, si uno conocía al señor o era recomendado. Él conocía al señor bastante bien, antes de que el crack y él se hicieran amantes inseparables había pasado por allí centenares de veces, a comprar pepas psiquiátricas.

-Mira reinita, de estas te tomas cuatro y te metes las otras cuatro. Mantienes las piernas arriba y toma harto jugo de ruda con lulo para que te limpie bien el organismo,- me dijo el señor todo sonriente. A mi me dieron ganas intensas de vomitar, mientras guardaba las pastillitas hexagonales en mi bolso.

Esa tarde llamé a mi mamá, como hago siempre que no se qué hacer.

-No se bien qué decirte mi corazón,- me dijo ella con todo el amor del mundo. -El problema que yo veo es cómo vas a mantener a un bebé, yo no tengo mucha plata para mandarte.-

Esa noche él tenía concierto y a la niña le dio por armar una revolución en mi cuerpo que no me dejaba ni mover. Me acosté en la cama, que más parecía un barco por la forma de balancearse y le pedí que por favor se viniera derecho a la casa después de que acabara el toque. Justo en el medio del camino, entre A y B quedaba su sitio favorito de fumar crack.

-El concierto se acabó hace tres horas,- me dijo el amigo cuando me contestó. El celular de él estaba apagado y yo estaba rogando que estuvieran juntos. -Yo me tenía que venir para la casa y él me dijo que se iba derecho al apartamento.-

Clic.

La escena me era terriblemente familiar, sólo que ahora me dolía por dos. Los ventanales de la sala daban a la avenida principal, mis ojos escaneaban las sombras nocturnas tratando de descubrir su delgada figura, cada dos segundos escuchaba el girar de unas llaves dentro de la chapa. Siempre era mi deseo, ganándole la partida a mis sentidos.

A las 2 de la mañana me desarmé de dolor en el piso del baño.

-Perdóname chiquita, perdóname,- le hablaba a la niña, mientras sacaba las pepitas de mi bolso.

Él llegó a las 5 de la mañana, había hecho un escándalo en el primer piso para que lo dejaran entrar porque había perdido las llaves. Con ojos desorbitados le gritó a la vecina que necesitaba subir a ver a su esposa y a su hijo.

-¡Mi mujer está embarazada!- le gritó su voz de demonio hasta que ella, pensando que estaba borracho, lo dejó entrar.

Me encontró hecha bolita en el piso del baño y me levantó del piso para llevarme a la cama.

-No llores,- me decía. – No llores mamasita, que yo los voy a cuidar, a ti y al bebé. Perdóname que haya llegado tarde, me quedé tomándome un par de cervezas.- Su aliento destilaba a crack.

-Ya no hay bebé,- lloré. -Se me está muriendo, de a poquitos.-

Yo pasé toda la noche desangrándome y doliendo. Él al lado mío sollozando pero sin botar una lágrima, nunca ha tenido la capacidad de llorar de verdad.

Ring, ring, ring.

A las ocho de la mañana sonó el teléfono, era mi mami, que no había podio dormir.

-Mi corazón, estuve toda la noche pensando. Mira mi vida, si quieres tener al bebé pues tenlo, yo busco la manera de ayudarte, de mandarte plata.- A mi se me terminó de romper el alma.

Yo le seguí hablando a la niña por meses, cada vez menos desde la culpa y cada vez más desde el amor. Le expliqué que mi decisión que había sido de amor, no tenía nada que ver con ella, yo a ella la amaba desde que me la soñé, pero las circunstancias para su bienvenida no eran las mejores. Me daba pánico pensar que naciera adicta, como lo era su padre y su abuelo también. Temía no tener medios para darle de comer, no había logrado conseguir trabajo en un tiempo y mi sistema nervioso era una bomba de tiempo que se aceleraba cada vez que él se escapaba a fumar crack. Estaba sola, lejos de mi madre, de mi hermano y de la gente que podría darnos una mano. Yo no quería traerla al mundo para que se volviera mi única razón de vivir, era una carga demasiado pesada para un ser tan pequeño. Le prometí que nos veríamos, más adelante, en una situación mucho mejor, para ella y para mi. Le prometí que cuidaría de mi, de mi cuerpo, de mi alma y construiría un ambiente donde ella, yo y otro padre pudiéramos ser felices.

Me sigue desgarrando en tiritas el alma la canción de Alejandra Guzmán, pero me hace sonreír el pensar que he podido cumplirle la promesa a mi hija que aún no nace.