Relaciones

Domesticada 

June 30 2016
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Domador de leones en su mundo de ensueño, entrenador de perros de profesión y encantador de damiselas desamparados en sus ratos libres, así era Fernando, hombrecito delgado, con cara de ángel y lengua bífida de serpiente rastrera.

Vianny lo conoció como se conocen a todas las lecciones de la vida: porque le tocaba de manera estruendosa y destructiva, no por destino, como insistía en llamarle a ella al casi fatal encuentro.

-Si la luna fuera mía te la regalaba.- le dijo Fernando, tragándosela con la mirada como animal hambriento desde lo alto del mirador de Cuenca la primera vez que la invitó a salir.

Ella se dejó deglutir por aquella mirada y esa noche soñó que el flaco domador de lobos domesticados subía una escalera infinita hecha de plata y volvía años después, llevando la luna creciente a cuestas. Se prometió a sí misma al levantarse que esperaría todo lo que fuera necesario hasta que el hombre de sus sueños le trajera el prometido astro.

Vianny no sabía de amores y menos de desamores, no había escuchado antes las frases de cajón de los galanes que se mueren por asaltar faldas y billeteras pero tienen poco interés en resguardar corazones o cultivar afectos. Se enamoró completa de la idea del amor y no tuvo él que tender trampas elaboradas, ni tejer redes, ella camino gustosa y por voluntad propia a su domesticación.

-Las mujeres son lo más sagrado para mí- afirmó Fernando entre asalto de besos, -comenzando por mi mamá, todas son una maravillosa creación divina.-

¡Una creación divina! Suspiró Vianny mentalmente, pensando que jamás la habían llamado con un término más romántico en la vida. 

Qué gusto daba verlo, al domador, domesticando a su presa, yendo casi por voluntad propia hacia la brillante jaula de oro. No había sino que verle sonreír con sonrisa perfecta, caminar con la espalda derecha, desatar bragas sin si quiera tocarlas y causar hogueras de deseo con solo ladear la cabeza. Así iba ella, Vianny, caminando gustosa hacia la predispuesta trampa.

Se volvió toda una tarea complacer al domador: una llamada suya requería una cadena de “sí” enmarcados en la más pura sumisión y sin espacio alguno para el reproche; una caricia costaba demostrar un comportamiento perfecto sin lugar a las preguntas ni los deseos; su atención, cada vez más escasa e intermitente, exigía silencio absoluto y nada de quejas.

Vianny se volvió esclava de sus propias atracciones, desnutrida a punta de besos con poco dulce y caricias a penas medio llenas. Su última prueba de amor leal se fue un sobre con $200 dólares que Fernando necesito para irse a recorrer el mundo, en un viaje sin fechas al que ella jamás fue invitada.

A ella le pasó lo que le pasa a todo animal domesticado, no supo qué hacer consigo misma ante el inminente regalo de la libertad que confundió por abandono. Se olvidó de mirar su propio reflejo en el espejo de medio cuerpo del closet de madera y en cambio dependió del ritual de acariciar la chaqueta que el domador había dejado en su huida y besar su retrato, anhelando con cada fibra de su cuerpo que regresará pronto para poner orden a su vida que carecía de sentido sin él.

El domador no sólo no volvió, sino que fue borrando sus huellas para que ella jamás pudiera encontrarlo. Ella siguió besando su distorsionado recuerdo de un hombre maravilloso, con infinita devoción, mes tras meses hasta pasado el año.

-La cosa con el amor verdadero es que no puede acomodarse en nuestras almas si en su lugar está un fantoche disfrazado de cariño,- le dijo sin anestesia su amiga un día. -Lo que hay que hacer es deshacerse del fantasma.-

A una bolsita negra de plástico de las que daban en la panadería fueron a parar los rumiantes vestigios del domador: su foto, su chaqueta y hasta un abanico rosado que jamás había visto uso. 

-Yo los boto a la basura, porque tú eres capaz de volverlos a sacar,- aseveró la amiga, sin lugar a discusión. -Ya tú verás lo que haces con la vida tuya, ahora que no tienes ni recuerdos que te la controlen.-

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