Viajes

Eugenia y las estaciones

June 20 2016
nieve

María Eugenia llegó a finales del verano, en su tierra no había estaciones y duró días mirando con desconfianza el reloj de la cocina que insistía en marcar las siete de la noche, cuando afuera aún brillaba el sol. La señora que la recibió jamás entendió la costumbre que tenía de tomarse un mazacote de café negro con dos cucharadas soperas de azúcar blanca, cuando el sol se emperraba en derretirle el alma a todos los mortales.

Eugenia lloró inconsolablemente cuando los árboles comenzaron a perder sus frondosos vestidos y las calles se volvieron ríos crujientes de hojas terracota. Las torrenciales lluvias llegaron seguidas de días cada vez más cortos y comenzó a ver con cierta pena como su único par de zapatos se llenaba de agujeros irreparables. La señora tuvo a bien recordarle su retraso con el pago del arriendo, la suya no era una casa de beneficencia.

El frío comenzó a colársele por los huesos con la llegada del invierno, mientras la mala suerte le cerraba la puerta de todas las casas donde fue a ofrecerse como empleada doméstica. Tal vez no fuera la suerte, buena o mala, sino su inglés hablado a media lengua o el tono azulado de sus dedos sin guantes. La señora dejó su bultito de pertenencias sobre la nieve, allí las encontró Eugenia. Miró el cráter enorme que se había formado en la parte superior de su zapato derecho y se preguntó cuánto tardaría en llegar la dichosa primavera.

  • Miguel Torija

    Buenos días,

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