Empoderamiento

Hastalueguito Vecino

May 04 2016
MAIN 2

Andrea temblaba como una hoja solitaria a quien la había sorprendido el otoño sin mayor preparación o advertencia. Su rostro pasó del rosa pálido al fucsia en un par de segundos y a pesar del frio que hacía en la casona de cuatro pisos se hubiera podido hervir agua sobre su piel sudorosa. La morena altota, que era su mejor amiga hacía años, aprovechó los varios centímetros que las separaban para cobijarla entre sus brazos, deseando desde lo profundo de su alma que algo de aquel dolor se le pasara a ella. No soportaba verla desarmarse, aunque entendía que en aquel momento era completamente necesario.

El Vecino tenía una forma particular de hablar, no era como los gatos de la casa que pasaban de preferir comunicarse a punta de zarpazos y almizcle, a conseguir casi cualquier cosa a punta de ronroneos dulzones. Él no, él tenía un maullido profundo y marcado que contaba sus peleas de calle, su deseo de ser querido y su inhabilidad de ser domesticado. Era encantador el minino, pero tenía el alma salvaje y le gustaba el balance de los peligros de la noche capitalina con escapadas fortuitas a donde quisieran darle un par de caricias y algo de comida para seguir su camino.

Había llegado al tejado de la casa vieja, la de antes, sin proponérselo, pero siguiendo su olfato. Lo llamó instintivamente el olor de Andrea, y supo sin haberla visto que en ella tendría a su ángel de la guardia. Ella tenía una manera cálida de entender sus historias y unas ansias sinceras de llenarle la panza, curarle el alma y convencerlo de que vivir entre cuatro paredes era el camino a seguir para un gato que llevaba demasiados años siendo apaleado por los andares de la noche.

Aunque no comiera a diario, el cuerpo del Vecino generaba respeto. Era fornido, de pisadas seguras y calculadas, cara llena y un hermoso pelaje blanco y negro que le aportaba un toque de ternura muy beneficioso para quien tenía que vivir de la misericordia humana. Parecía regordete, casi como una bola de algodón que podría ser devorado por cualquier ventisca, y la niña de la casa lo apodó “Ponponcho” aunque a Andrea no le gustara mucho.

Venía a veces sí y a veces no y Andrea lo recibía con igual cariño, entendiendo que el callejero no tenía dueño y no estaba seguro de querer uno tampoco. Se tomaba su tiempo para comer y agradecía las caricias que le daba ella, se mantenía alerta de los celosos gatos de la casa y conservó las coordenadas de aquel refugio en su mapa gatuno de navegación. De cierta manera esa era su casa, donde podía ser él con los ires y venires de su vida libertina.

La familia ya se había pasado a la casa nueva, el día que el mullido micifuz llegó exhibiendo su herida de guerra: un hueco en el cuello que dejaba ver su carne viva y empezó a llenarse de materia ante el espanto y preocupación de Andrea. Con el tacto suave de una madre se pasó días limpiando el agujero y el Vecino se dejó atender gustoso, tenía suficiente recorrido en su lomo para saber que hay lesiones que no se curan solas.

FullSizeRender (14)Desde el borde de la cama donde se la pasaba escribiendo parte del día, la altota amiga comenzó a observar al Vecino que se sentaba sobre el techo de vidrio del patio, afuera del ventanal del cuarto. Aunque nunca hubiera estado tan limpio como los gatos de la casa, el animalito se veía más sucio de lo usual, su abultado pelaje había disminuido en cantidad y hasta su cara bonachona parecía reducida a la mitad. Seguía teniendo mirada linda y buenos modales, pero bastaba con verlo para saber que algo no andaba bien.

-Hay que bañar a esa gato- repitió un par de veces, concluyendo que pasara lo que pasara todos los seres tenían derecho a verse bien.

Andrea comenzó a dejarlo entrar más seguido de lo acostumbrado, y su amiga tuvo que correrlo de la cama más de una vez, para evitar que terminaran gatos y humanos infestados por el evidente pulguero del Vecino. La mamá de Andrea se tardaba más tiempo en sacarlo que el gato en volver a entrar, buscando cada vez menos un poco de comida y cada vez más un rincón caliente para descansar.

La veterinaria vino finalmente un día a ver al Vecino, quien resultó estar enfermo, más enfermo de lo que se había predicho y de lo que su cuerpito escuálido podía ya resistir. Había regresado a la única casa que le había permitido ser, buscando a Andrea, no supo mucho si para pedirle ayuda o solo para despedirse.

Andrea dejó de temblar en el momento mismo que el Vecino exhalo su último segundo de vida, a consecuencia de un par de inyecciones letales. Había peleado duro y se mantuvo aferrado a la memoria de sus aventuras de tejado hasta el final. A ella se le murió un palpitar, como pasaba cada vez que el ciclo de la vida se empeñaba en llevársele a algún hijo de cuatro patas. Habían sido las mejores amigas por años pero jamás la quiso tanto como aquel instante en que la tuvo descosiéndose el alma en humanidad, pensó la morena mientras ambas preparaban las herramientas para el funeral.