Viajes

La hermandad eleña

March 11 2016
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Siempre ha habido esa incomodidad entre Nueva York y Los Ángeles, casi como hermanas que se adoran pero al mismo tiempo no logran soportarse. El hecho de que sus habitantes insistan en mantenerse dentro de las líneas estereotípicas que suponen delimitar a cada una no ayuda mucho. Los neoyorkinos son acelerados y neuróticos, los eleños son oportunistas y demasiado laxos. Eso si, como buenas hermanas, ambas son lo más de ensimismadas.

Fue mi cuarto viaje a Los Ángeles, una ciudad a la que mi racionalidad relaciona con el trabajo y con la cual mi corazón no tiene la menor afinidad. O tenía, perdón, tenía, porque esta es una de esas historias donde la competencia entre hermanitas rivales tiene un final feliz.

-Newyorkina, ¿cierto?- Me preguntó con tono afirmativo el oficial del LAX.

-Si, ¿cómo supiste?- Le respondí fingiendo sorpresa.

-Por la ropa, obviamente- Dijo él en voz alta, mientras yo le hacía eco mental.

Llevaba puesto un pantalón y una chaqueta de cuerina, una camisa sin mangas que dejaba ver todo mi torso y hasta mi brassiere si me daba por levantar los brazos y un par de botines Adidas, todo en negro. No tenía el tiempo ni las ganas de explicarle que así me visto siempre, antes de Nueva York y seguramente después de ella.

hotelHabía venido a LA por trabajo, como siempre. Me esperaban tres días de conferencias, almuerzos, presentaciones y, si todo salía muy bien, muchas conexiones. Esa misma mañana había lanzado mi blog oficial, con mi nombre de pila, en el único color que conoce mi closet para que le hiciera juego a mi personalidad y la gente dejara de sorprenderse con el tono rosita que tenía el otro y que en sus últimos días me hacía pensar en la casa de Barbie que nunca tuve. Pasé seis horas en un avión desde el JFK para mostrar mi blog en la única conferencia de bloggeras, de las tantas que he asistido, que en realidad me había disfrutado.

No tenía intención de hacer las paces con LA, porque realmente no la conocía al punto de andar de pelea con ella. Tampoco estaba anhelando enamorarme de la playa y regresar a Brooklyn a empacar maletas con la excusa de que el frío de NYC es insufrible, aunque realmente lo sea. Llegué paradita en la raya, estrenándome el tatuaje más bello que me cubría medio brazo, sin pretensiones, sin miedos y sin la menor intención de ceder en lo que soy yo. La ventaja de crecer, por lo menos internamente, es que uno deja de necesitar excusas para ser quien es.

Rocío, mi compañera de habitación, a la que había conocido por Facebook, me estaba esperando en el las doslobby del Hotel Maya. Me encantó el lobby, y la señorita que nos atendió con una enorme sonrisa y nos dio una galleta caliente llena de chips de chocolate que se supone que yo no me debía comer pero igual me comí, y me dio excusa para quejarme de dolor de cabeza por media hora.

Lo que más me gustó fue Roció: tenía una sonrisa sincera que le bailó a la mía, al punto tal de que se hicieron amigas y siguieron bailando juntas las tres noches que compartimos cuarto, mucho después de que sus dueñas nos hubiéramos dormido. Me encantó que ella escogiera el lado de la ventana en el cuarto, instintivamente, sin que yo tuviera que contarle de mi miedo infundado a los posibles ladrones –si, yo sé, inclusive en los hoteles-. A los 20 minutos me había enamorado con su acento México-americano y su firme creencia en la ley de la atracción. Yo también soy de las que cree que uno es el resultado de lo que piensa. Cuando nos dijeron que había jacuzzi y yo que tenía el cuerpo apaleado por el vuelo y todas las ganas de sacarle hasta el último beneficio al viaje que no había salido del todo barato hice cara fatal, ella se preocupó.

-¿Qué pasa girl?- Me preguntó.

-Que no traje mi bikini- le contesté haciendo el puchero de niña chiquita que solo se me sale con gente a la que le tengo demasiada confianza.

-Pasando el puente hay un H&M, vamos y te compras uno- me dijo con toda calma.

Ella tenía ganas de esperar el shuttle y yo, como buena neoyorkina, la convencí de que nos fuéramos caminando. Nos demoramos 10 minutos, tiempo suficiente para saber que las dos habíamos pasado las duras y las maduras, que vivíamos agradecidas con la vida y que, por supuesto, éramos libra. En la tienda me convenció de comprarme un jumper se lentejuelas negras que yo no pensé que me iba a servir, pero resultó que si, que me quedaba divino. LA me estaba comenzando a caer bien.

Desde que llegué a Estados Unidos, años ha de eso, siempre he dicho que los mexicanos son las personas más lindas que conozco. A la mañana siguiente me tocaron tres encarnaciones de mi teoría. Me fui con Tania la amante de los textiles y Dani la naturalista a recorrer Long Beach y a reírme como nunca, de todo y de nada, como se ríe uno cuando está en familia.

Al caer la noche del segundo día éramos cinco con Sue, la minúscula astróloga de enorme espíritu que estuvo de acuerdo conmigo que eso del signo zodiacal no tiene nada que hacer cuando de amores se trata. Nos apoderamos de una esquinita, a la que fueron entrando y saliendo copas de whisky, y cocteles, vino, amigas de antaño, conocidas nuevas, baile, fotos y una hermandad creciente que se dio mañas de hallar camita en el corazón de todas.

nosotras

Yo no regresé de LA con ganas de mudarme para allá, como sabía que no sucedería, pero sin duda alguna reafirmé que lo bello de los lugares son las personas que en ellos te encuentras, y que México tiene ahora más motivos que me llaman a revisitarlo.