Relaciones

La llave del corazón

April 13 2016
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Es complejo eso de querer sin que a uno lo quieran, más cuando uno no quiere creer que es así.

Eliana había decidido que iba a morirse a los 70, ni un año menos, ni uno después. No quería fallecer a una edad demasiados joven, dejando a sus seres queridos cuestionándose el dolor de una pérdida prematura. Tampoco quería morir demasiados vieja, cuando su existencia no fuera más que un vergonzoso gasto de oxígeno y ni el mejor maquillador mortuorio la pudiera dejar preciosa para que su ataúd estuviese abierto.

Según su auto-determinada muerte, llevaba media vida enamorada el amor. No de un hombre en concreto, ni tampoco de varios de ellos, sino del concepto mismo idealizado y poco concreto de estar enamorada.

Su primer amor había sido el actor Miguel Varoni, protagonista de la telenovela Mi potra zaina. Le bastaba verlo con su actitud de macho, robándose a Aura Cristina Geithner en su caballo salvaje, para entrar en calores pasionales y desear con cada fibra de sus escasos 12 años que la vinieran a robaron también, sino ese, cualquiera.

Con intervalos de un par de meses, a partir de los 13 años, se prometió a sí misma que se iba a casar con sus dos primos mayores y luego con el menor. Al último le regaló su primer beso y decidió amarlo por toda su vida, periodo que duró hasta que un par de años después apareciera su primer novio, el hermano de su mejor amiga, que no era realmente su novio, ni tuvo intención de serlo nunca, pero le revolcó el corazón por lodazales y asfaltos nocturnos con hedor a borrachera de una manera tangible que ella nunca había sentido.

Vivía enamorada del amor, destilaba deseo y ansías de compañía, tanto que desde su pre-adolescencia su madre estaba completamente convencida de que había dejado la virginidad en una cama pasada, muchos novios atrás. Realmente su primera noche de sexo se perdió entre botellas de vino barato y humito de marihuana, a los 16, con un nenito de 14 con actitud esquiva y carita de ángel que tampoco fue su novio, pero se acomodó como su compañero intermitente de cama por un tiempo.

Más de una década después le dolía todo, o casi todo, a consecuencia de la manía esa de enamorarse de quienes no la amaban a ella. No valió matrimonio, novio ñoño ni intentos con amigos cercanos para que el tan ansiado amor se decidiera a cuajarle. Había subido y bajado de peso más veces que Rosario Tijeras (en la novela, no en la película), dejando evidenciadas sus cicatrices de guerras en las estrías de sus caderas. Se había mudado a lugares detestables y aceptado trabajos sin sentido por seguirle el caminar al diablo de turno. Se había tomado más botellas de las que su cuerpo podía aceptar.  Había dejado de escribir y (como única consecuencia positiva) había escrito un montón en los leves momentos de lucidez y calma. Todo en nombre del amor o como resultado de su ausencia.

Estaba a medio camino de su auto-anunciada muerte y no lograba entender por qué carajos la vaina del amor le seguía doliendo tanto. “Si duele no es amor”, le habían dicho de mil maneras terapistas, amigos, maestros, extraños y hasta frasecitas tontas de las que tanto comparte la gente por Facebook. La cuestión era que también le habían enseñado que las cosas que valen la pena cuestan trabajo, que nada cae del cielo y que aceptar un “no” como respuesta jamás es una opción.

Eliana, quien tenía escogidos mentalmente dos vestidos desde su tierna infancia, el de su entierro y el de su matrimonio, decidió una gélida tarde de grises goterones, que le importaba más verse divina en su lecho de muerte. “Si sigo tratando de llenar el vestido de novia voy a verme como un completo esperpento en el velorio y me van a tener que cerrar el ataúd,” pensó. Ella que era una mujer meticulosa y tremendamente testaruda, optó por echarle llave a su corazón y atragantarse con el fastidioso intento de lagrimeo que le produjo dicha decisión.