Sexualidad

“Me quedo con mis zapatos”

April 20 2016
Tacones 3

Siempre dijiste que yo era mas alta que tú, sin importar lo que dijera el metro, decías que yo casi alcanzaba las estrellas aún cuando estaba acostada. Yo me reía, de pena, pensando en el fondo lo poco probable que seria que algún hombre se enamorara de una gigante.

¿Te acuerdas de la noche cuando por fin nos conocimos? Yo toda de negro, como siempre.  Sabiendo que vendrías me estrené unos zapatitos de charol con tacón.  Después de años de hablarte por un computador y desearte por una imagen, verte en persona bien valía la estrenada de unos lindos zapatos.

Yo no pensé que tu fueras más bajito que yo, ni consideré tampoco que fuera relevante. Tu no me cogiste la mano sino hacia el final de la noche, cuando me quité los zapatos. Entonces me arrinconaste contra la pared de mi cuarto y mirándome a los ojos me dijiste “ahora sí, eres la mujer más bonita que he visto.”  Yo me derretí y prometí sonriendo que me quedaría a tu lado hasta el ultimo día.

Cuarenta y ocho pares, sumó el total de zapatos que fueron siendo regalados,  reemplazados, desechados u olvidados de la preciosa colección que había acumulado en mi closet.

No pasó todo el mismo día, me fui deshaciendo de ellos en la medida en que el cuchillo en tus pupilas o el páramo de tus dedos me recordaba que, efectivamente, no soportabas que fuera más alta que tú, hecho que se volvió relevante, aún sin ser cierto.

Fue en mi cumpleaños número 28 cuando te la pasaste admirando el par de botines negros de cuerina que llevaba puesta una de mis amigas, ¿te acuerdas? Seguro que no, la memoria fotográfica y detallista es más una cosa de mujeres, ustedes suelen tener memoria selectiva y pasajero. Ella, mi amiga, mide 18 centímetros menos que yo, así que aún con los bellos botines que algún día fueran míos, no lograba pasarte del hombro.

Por la noche más de un conocido que no me había visto en rato me preguntó asombrado qué hacia en zapatos bajos. Yo, para que no quedáramos mal ninguno de los dos, dije que me había comenzado a molestar la espalda por andar siempre entaconada.

A mí, con todo y lo que eso me arrume en el cliché de lo que es ser mujer, me encantan los zapatos. A veces puedo tener más o menos pantalones, a veces paso meses sin ver una gota de maquillaje, pero los zapatos, con ellos siempre he sido adoradora y compulsiva. No solo me encanta tener zapatos, sino atiborrar mi closet de ellos en todas sus formas y colores.

Sin lugar a duda entre todos, los tacones son los que más me gustan. Nunca me dejaron de gustar, pretendí que les había perdido el gusto y me inventé justificaciones mentales para dejar de usarlos. Tanto así que con el paso del tiempo me reía pensando que seguramente se me había olvidado ya como caminar en tacones.

Tendría yo más o menos 24 cuando decidí que los tenis eran un objeto cuyo uso debía limitarse a los momentos de ejercicio o en la eventualidad de una caminata extensa (entendiendo por extensa más de 30 cuadras) de otra manera en botas, botines, sandalias y zapatos elegantes me gozaba hasta el final fiestas de dos días con caminata de desenguayabe por el centro; me bailaba hasta los comerciales; hacía ronda de bares; subía a visitar a mis amigos de la montaña; me iba de compras en los puestos callejeros del centro y hacía mercado para dos semanas, todo eso entaconada, sola o acompañada con una sonrisa sincera de labio. 

Con los tacones se fueron yendo también las sonrisas, fue algo extraño, como si me hubieran despojado de mi amuleto de la suerte. Me encantaba andar encaramada, teniendo una perspectiva distinta del mundo; amaba el tintinear de los tacones sobre las distintas superficies y la mirada inevitable que suele llevarse una more de metro setenta y ocho centímetros con otro par de ellos. De pronto la perspectiva se tornó plana, normal y corriente.

El día que te di el “si” me quise comprar unos tacones color perla, insististe en que las sandalias era lo que se estaba usando y el hecho de que la ceremonia fuera en la playa terminó por ganar el argumento. Mis pies, que no lograban acostumbrarse a vivir al nivel del mar, le hicieron juego a mi falta de sonrisas. ¿En qué momento me había dejado bajar de las nubes?

tacones

Siempre dijiste que yo era más alta que tú, y yo la verdad no me había dado cuenta de lo pequeño que eras, hasta el día que decidí irme, echando una última mirada atrás, parada derechita sobre mi dignidad y un par de tacones fucsia chillón. Ese día, si que te vi diminuto.