Relaciones

Punto final

May 06 2016
MAIN punto

No voy a sentarme a pretender que nada pasó, ni tampoco a envenenarme con las memorias, voy a ponerlas en papel para que tomen vida propia y sigan su camino, como mejor les plazca.

Dicen que la falencia que tenemos los de mi especie es llevar el corazón en la mano. Quizás tengan razón porque el mío ha recibido más de una paliza por ser tan mostrón, tan abierto. Aun así prefiero dejarme fluir, en vez de atragantarme con el palpitar de mis sentimientos por miedo a salir herida. De las heridas se aprende, se renace, con ellas se construye arte.

Lo que sí ya no hago es querer todo lo que toco, aunque sigue siendo mi regla olvidar lo que me hace daño y a aquellos que tratan, regalándoles mi silencio como todo premio a su valiente intento. Ya no me escondo a hacerme bola en un rincón oscuro porque la experiencia me ha dado cuero grueso y la sabiduría me ha enseñado que el tiempo es oro. No está uno ya para desperdiciar amaneceres en quien ni siquiera los comprende.

Dirían otros que la falencia de especies como la tuya es la urticaria que les produce sentir, o por lo menos permitir que otros sepan que sienten. En la infinita gama de tonos marca humanidad hay espacio para todo, yo personalmente no podría imaginarme vivir en un estado de continúa paranoia. Rechazar el fluir que va por dentro es aspirar a caminar en los pastizales del Olimpo, supongo que eso de anhelar ser dioses tampoco les parece tan descabellado.

No es necesario ser iguales para ser queridos, compañeros de vida, amigos. Lo que sí es fundamental es entender que no se hiere lo que se quiere, por lo menos no a propósito y no hay afecto que florezca, o en su defecto permanezca, cuando se le instala en el pastizal de la mentira. Más rápido cae un mentiroso que un cojo y ya ni la posibilidad de una totaziada me genera atención a la repetitiva faena que llevan algunos de hacerse daño a sí mismos disque para evitar que se los hagan otros.

Hay un abismo enorme entre crítica y criticismo y la ironía la cargan aquellos que  miden a otros con una vara más alta de la que se atreverían jamás a tomarle la altura ellos mismos. En la intensa e inagotable caza por la mal llamada perfección, cuyos matices variables existen solo en una retórica de monólogo interno confuso y falto de afecto, se pierden los instantes del delicioso errar y de los besos de reconciliación que nos aseguran que todo estará bien, no mañana, sino allí mismo.

Yo he decidido sacudirme las malas pulgas bailando y seguir la vida escribiendo, con la sonrisa amplia de un cariño ofrecido de manera sincera, sin estándares de cuantificación. Ahí las dejo señoras letras para que hagan de su propia historia lo que en gana les venga. Punto final. 

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