Viajes

Se hace (o venciendo el miedo de saltar al vacío)

March 31 2016
MAIN bungee

-¿Se hace o no se hace?- se preguntó a sí misma, mirándolo a los ojos.

La recibió su silencio, igual el reto no era con él sino con ella misma.

-Se hace- se respondió.

Hacía algo más de dos años la niña que tanto temió a casi todo, creció, y había decidió coger al miedo por la cola, no por los cuernos, sino por su enorme, húmeda y resbaladiza cola de ballena. Finalmente lo peor que podía pasar era, si mucho, un tercio de sus imaginados terrores.

Le dio por creer, no pensar, porque el asunto en sí mismo carecía de mayor lógica, sino creer con toda convicción y sin lugar a mayor duda que todo era posible. Retiradas las excusas de los traumas de infancia, de los corazones rotos, de la falta de oportunidades, se encontró de frente con que lo que anhelaba profundamente estaba tan cerca que solo era cuestión de tentarlo con la punta de sus dedos, inhalarlo hasta atraparlo en el fondo de sus pulmones y verlo con la certeza inequívoca de que estaba allí.

Llegó a Guayaquil en un vuelo desde Miami, su avión número trece en cinco meses, y el número diecisiete desde que había decidido que su oficina se redujera a un computador y un pasaporte con ganas de ser adornado con muchos sellos. El último día del año había prometió que visitaría el país del sur, y ahí estaba, cumpliéndose la promesa.

Sus dos amigos la estaban esperando a la salida del aeropuerto, y aquel gesto, tan común, se le hizo extraño a su alma que se había acostumbrado plácidamente a andar sola. Con ellos viajó seis horas en bus hasta Baños, y en el camino recordó lo divertido que resulta tener quien le aplauda las payasadas o payasee para verlo reír.

A la madrugada llegó él, y entonces fueron cuatro viajeros. Baños, que está acostumbrado a recibir visitantes y poco o nada le importan, los recibió con un chaparrón inacabable que los hizo dudar si haber ido allí tenía si quiera sentido. Les bastó respirar el aire puro, tan foráneo para sus narices citadinas, para reiterarse que toda aquella majestuosidad de verde y río, valía la pena, lloviese o hiciese sol.

Al día dos caminaron hasta el puente San Francisco, 120 metros encima del Río Pastaza y cada fibra de su ser recordó el pánico que le daban las alturas, los puentes y sobretodo la idea de saltar al vacío atada apenas de un caucho.

Se hace o no se hace, se preguntó a si misma. Se hace, se contestó sonriendo y su sonrisa se encontró con la de él que también había optado por el hacer.

-Tranquila- dijo el cuidador de la plataforma, -¿viste como lo hizo él? Así mismo. Te paras en el borde de la tabla, no mires para abajo, yo cuento hasta tres y tú te tiras como si fuera una piscina.-

-Vale- asintió ella, muerta de nervios pero sabiendo que una vez que se dice “se hace” no hay espacio para dar marcha atrás.

-Uno, dos…-

Ella cerró los ojos, compuso la postura y respiró profundo.

-¡Tres!-

Un grito que se oyó en ambas laderas del río salió libre y sin censura de su garganta. Tras unos segundos quedó colgando, acompasada como un péndulo, con los colores escapándosele del rostro y el corazón a punto de estallar. Respiró profundo para no desmayarse y sonrío.

Se hizo.